Jueves 17 de mayo de 2012

Un puente y la asistencia personal

27-10-2011 18:44 - César Giménez
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Un niño se entretiene con la silla del autor del artículo

Recientemente hablaba de lo penoso que es depender de otras personas para hacer cosas de lo más triviales. Ponía el ejemplo del sábado pasado, cuando fui a calle Larios y vuelta a base de favores, ya que en España no disponemos de una asistencia personal suficiente para cubrir nuestras necesidades. Es decir, si deseo dar una vuelta el fin de semana, o me sirvo del inapreciable apoyo de mi familia, del de mis amigos y conocidos, o no hay tu tía.

 

Por mucho que me cueste reconocerlo, las personas con diversidad funcional disponemos actualmente de aproximadamente tres horas de asistencia personal para realizar las actividades que deseamos. Por otra parte, dentro de esas actividades no se incluye nada que tenga que ver con el fin de semana o con dar un paseo, sólo entran actividades relacionadas con el estudio y el empleo. Sería dramático afirmar que tenemos tres horas diarias de libertad, pero esa es la pura realidad. También es cierto subrayar que dentro de lo malo somos unos privilegiados, pues podíamos sobrevivir en una institución u ocupar una celda en un centro penitenciario.

 

Sin embargo, la idea es insistir en el sentimiento de carga familiar que muchos tenemos. Por muchos y buenos argumentos que alguien emplee para convencerme de lo contrario, creo que no podrá lograr que cambie de opinión.

 

Les contaré un secreto: Mis progenitores, jubilados ambos, tienen intención de acudir a su provincia este fin de semana porque se celebra un almuerzo de antiguos alumnos del colegio de Almería en el que estudió mi padre y porque quieren aprovechar para viajar al pueblo del que son oriundos (Albox). Las fiestas del pueblo se celebran los días previos al día de todos los santos. El plan de viaje consta de salida el sábado, estancia en Almería capital el domingo, traslado y comida a Albox el lunes y vuelta el mismo día. No se puede decir que se vayan al Caribe o a los Fiordos Noruegos, sino que más que un crucero apacible se trata de una travesía a la velocidad del trueno.

 

El problema es que para realizar esa escapada de lujo, tienen que tener en cuenta que bajo su techo se aloja César: una persona con diversidad funcional que necesita atención permanente. Mis antecesores no comparten en absoluto mi opinión, que se resume en las siguientes cuestiones: ¿no se sentirían ustedes como un estorbo para que estas personas pudieran realizar su desplazamiento sin las mayores complicaciones? ¿No les recorre por el cuerpo una sensación de lastre o trasto que hay que sobrellevar para realizar sus (no mis) actividades básicas?

 

Por fortuna, en esta ocasión se ha podido recurrir a uno de mis hermanos para que se traslade a este domicilio con su familia durante los días que son necesarios. De este modo saldremos del paso. (A lo mejor hay que recordar que la asistencia personal pública española no cubre los fines de semana ni los días festivos). Con todo, admito que este es un caso excepcional y que seguro que nadie más se ha encontrado nunca con este dilema. Añado que yo (y las personas con diversidad funcional en general) me quejo por vicio.

 

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