La Cuaresma: tomarse en serio la transformación
Con frecuencia hablamos de que tenemos que cambiar, convertirnos. El tiempo de la Cuaresma es un tiempo para tomarse en serio este deseo. ¿Cómo realizar este camino interior de la conversión? Primero, algunas consideraciones. La conversión no es un simple cambio de ajustes, de hábitos, de costumbres, de acciones para ser mejores.
La conversión no es sólo cumplir con unos deberes a través de los medios que nos ofrece la Iglesia como son la oración, el ayuno y la limosna, es mucho más. La conversión no es sólo formar nuestra conciencia para saber lo que es bueno y malo, es mucho más. Significa una trasformación en el camino de la vida, con una verdadera y total inversión de la marcha. Pasar de un estilo de vida basado en lo superficial, lo que me gusta, lo que me apetece. La trasformación abarca las diversas dimensiones de la persona. Es un deseo profundo que nos sitúa en nuestro interior. Es una decisión de fe que nos implica enteramente en la comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús.
La transformación es más suave, más moderada, la conversión puede acentuar el cambio en la mera voluntad, "tengo que ser mejor". La espiritualidad de la trasformación pide una aceptación absoluta, un asentimiento total del ser. Pide entrar en la esfera de la gracia, es Dios mismo quien transforma al hombre. Dicho de otra manera, es Dios el que quiere transformar nuestra vida, a fin de que su amor resplandezca cada vez más en nosotros. Es dejar a Dios, ser Dios. En palabras de Benedicto XVI, "es el 'sí' total de quien entrega su propia existencia al Evangelio, respondiendo libremente a Cristo, que primero se ofreció al hombre como camino, verdad y vida, como aquel que lo libera y lo salva".
¿Cómo comenzar este camino de trasformación interior? Una serie de pasos. El camino de la trasformación comienza con la escucha atenta a nuestro mundo interior. Se necesita humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo 'mío', para darme gratuitamente lo 'suyo'. Gracias al amor de Cristo, podemos entrar en el Amor 'más grande'.
La Palabra de Dios nos recuerda nuestra fragilidad, su meditación nos sitúa ante la mirada compasiva y misericordiosa de Dios. Frente al innato miedo de la huida, y, aún más, en el contexto de una cultura que de tantas formas tiende a censurar los sentimientos, las vivencias y la meditación, imprescindibles para la experiencia religiosa.
Por último, centrar la mirada en el Jesús que quiso libremente compartir con cada hombre la suerte de la fragilidad. Su Palabra es bálsamo para nuestras heridas, es perdón para nuestros pecados y es luz para dar sentido a nuestras experiencias. En el camino de la trasformación no es estamos solos, contamos con la Iglesia que nos acompaña y nos guía a través del acompañamiento espiritual a través de los sacerdotes.

